Amnesia de argumentos
Por qué sigo leyendo si lo olvido todo
En la que fue nuestra primera casa, un primer piso en el extrarradio con tres dormitorios y un salón interiores, no entraba nunca el sol. Mi madre siempre dice de su primer hogar en Barcelona, al que llegó desde otra casa en el sur que tenía un corral y paredes encaladas, que era un sitio muy triste. Que lloraba por las noches cuando pensaba que sus hijos iban a crecer en un espacio tan sombrío y húmedo. Ella se había traído en el camión de mudanzas todas sus plantas. «Mis flores», las llamaba. Y allí no crecían, y estaban tan marchitas como ella.
Cuando llegamos al nuevo ático que sería nuestra casa definitiva, los niños salimos disparados a recorrerlo todo. Tenía dos terrazas y el sol entraba por todas partes: por la mañana por un lado y por la tarde por el otro. No era mucho más grande, tendríamos que seguir compartiendo cuartos, pero mi madre empezó a llenar cada rincón de tiestos desde el primer día. Y mientras limpiaba las habitaciones o regaba cantaba María de la O, qué desgraciaíta, gitana, tú eres teniéndolo tó, o: Si en el firmamento poder yo tuviera, esta noche negra lo mismo que un pozo, con un cuchillito de luna lunera cortaría los hierros de tu calabozo.
Ay, pena, penita, pena.
En nuestro recorrido, aliviados de escucharla por fin cantar, aunque fueran aquellas coplas tan tremendas, los más pequeños empezamos a desenterrar tesoros, restos de las vidas de los anteriores inquilinos. Un tenedor con el mango de plástico naranja. Varios montones grandes de revistas Interviú que alguien había coleccionado con afán y de las que los mayores se libraron de inmediato. En el suelo del salón, junto a una tele en blanco y negro en la que veíamos Los Barbapapás, descubrí una caja de cartón. Dentro, envueltos en papel de seda, encontré cuatro libros encuadernados en piel con los títulos grabados en oro: Madame Bovary, Los cuerpos y las almas, Guerra y paz, Ana Karenina. Leí las sinopsis de todos. A mis nueve años no podía entender el calado de lo que decían, pero sí intuí que hablaban de mujeres que querían algo que no tenían, de amores que terminaban mal, de vidas que se desbordaban o apretaban. Esas pocas líneas me producían una mezcla de atracción y vértigo, como asomarse demasiado a una ventana muy alta. No tenía palabras para nombrarlo, todavía, pero tenía que ver con algo desconocido: el deseo, los cuerpos… un mundo adulto cuya silueta adivinaba detrás de las páginas sin saber aún si querría entrar en él cuando llegara el momento.
Mi madre puso los libros en una estantería del salón comedor y yo los miraba a menudo. Durante meses sentí un cosquilleo en el estómago al hacerlo. En casa no había muchos más. Tres ejemplares de Los Cinco tan releídos que las tapas se habían despegado y las páginas exhibían manchas de mermelada de fresa de origen desconocido. Tebeos de Mortadelo y Filemón igual de desgastados. Los restos de una enciclopedia que llegaba solo hasta la S. Un libro de arte con grabados de Joan Miró, regalo de La Caixa. Un diccionario antiguo que yo abría al azar, no por buscar nada en concreto, sino como si fuera un libro de cuentos. Me quedaba leyendo definiciones de palabras desconocidas durante horas. Una me llevaba a la otra en un juego secreto que podía prolongarse hasta varios días. Podía pasar de la definición de Siroco, ese viento melancólico y abrasador que llega del desierto, a la palabra Incandescencia, y de ahí a Anhelo. Me gustaba leer el diccionario porque si bien nombraba cosas que yo nunca había visto o no había experimentado del todo, al leerlas sentía que me estaban esperando en algún sitio. Como si las páginas fueran el mapa de un territorio al que tenía que llegar, seguro, un día. Y entonces volvía el cosquilleo.
En aquella época yo leía absolutamente todo lo que caía en mis manos. Las instrucciones de uso de los productos de limpieza. Los prospectos de los medicamentos, con su letra minúscula y sus términos imposibles. El reverso de los botes de champú. Me fascinaban las palabras nuevas: cualquiera me servía de alimento. No sé si era curiosidad o era solo hambre. Probablemente ambas cosas se parecen mucho cuando tienes nueve años y una inclinación natural a vivir en lo que no se ve.
Creo que empecé a leer aquellos cuatro libros antes de los trece años. No porque fuera precoz, sino porque no había otra cosa. Porque los veranos en el ático eran largos y las calles de mi ciudad se quedaban vacías. Años atrás, nuestro único juego consistía en inundar el patio con la manguera. Aprovechábamos la pendiente del suelo para deslizarnos sobre la barriga en una especie de tobogán de agua improvisado, sintiendo cómo las baldosas rojas atrapaban el calor. Al año siguiente apareció una piscinita de plástico donde nos remojábamos los cuatro hermanos, apretados y ruidosos. Pero el agua de la manguera se acabó volviendo un juego infantil, la piscina se nos quedó pequeña y, de pronto, las baldosas rojas empezaron a secarse demasiado rápido. Ya no había nada que hacer. El tiempo se detuvo. Así que bajé de la estantería el volumen que tenía el título más conocido para mí, Madame Bovary, y lo abrí.
No lo entendí del todo, supongo. No sabía nada de matrimonios que asfixian ni de deseos que no caben en los días que a una le han tocado. Pero entré al libro por la puerta que encontré: la del aburrimiento, la de los veranos estancados, la de esa certeza de que en algún lugar ajeno a nuestro ático las cosas verdaderamente importantes estaban ocurriendo. Emma Bovary deseaba una vida distinta. Con doce o trece años, asomada al balcón y mirando la calle desierta de agosto, que me reverberaba en ese otro vacío que sentía dentro y no sabía cómo llenar, entendí perfectamente a Emma. Entendí qué significaba querer que te pasaran cosas
Al año siguiente, o el anterior, no estoy segura, empecé Ana Karenina. Me saltaba las infinitas páginas sobre la siega del heno, las reformas agrarias de Levin y los debates políticos que me aburrían soberanamente, persiguiendo solo los capítulos donde aparecía Ana, pero lo leí hasta el final. Cuando volvimos al instituto, un profesor sustituto de filosofía nos preguntó qué habíamos leído aquel verano. Levanté la mano. Dije que Tolstói. Me preguntó si conocía también a Flaubert. No sé por qué me dio por hablar aquel día, cuando mi costumbre era el silencio. Respondí con la misma naturalidad con la que habría dicho que había comido macarrones si me lo hubieran preguntado, sin saber lo que mis palabras podían significar en según qué oídos. Para mí, aquellos eran solo los libros que había en casa, una caja rescatada de la mudanza que solo me importaba a mí y que había acabado siendo mi biblioteca entera.
Pero vi algo en su cara. Una pausa. Y en ese milisegundo intuí que algo no encajaba, aunque aún no alcanzara a comprender qué era. Era yo absolutamente inocente en ese territorio: no tenía la más mínima idea del significado que la cultura otorgaba al hecho de haber leído aquellos libros, y no otros, a mi edad. No sabía que existían lecturas que estaban bien vistas y otras que no, ni que los libros se usaban a veces como una aduana para entrar a ciertos lugares o también como una medalla. Entonces preguntó:
—¿Cuál de las dos es la que muere atropellada por un tren, que siempre las confundo?
Dudé. Percibí la trampa y un frío repentino me recorrió la espalda. En esa pausa del profesor, en el silencio expectante de mis compañeros, me asaltó la vergüenza y el miedo a ser percibida como una mentirosa. Sabía que si no respondía al instante mi verdad se desmoronaría ante ellos, convertida en el burdo intento de una alumna por parecer interesante. Y lo peor era que no callaba por ignorancia. Callaba por una extraña condición de mi mente que arrastro desde siempre y que entonces no sabía cómo se llamaba.
Porque mi cabeza no almacena la ficción como la mayoría de las personas. A falta de un término clínico definitivo, hay quienes lo llaman amnesia del argumento, una especie de vaciado voluntario de la memoria semántica. Con las películas y los libros me ocurre eso: los argumentos se me van, los giros se diluyen, los nombres de los personajes se evaporan en un sótano al que no tengo acceso. Puedo volver a ver una película y descubrir el desenlace con la sorpresa de la primera vez. Puedo abrir una novela, leer la primera página y caer en la cuenta de que ya estuve allí, aunque no recuerde ningún detalle, solo por su atmósfera.
No me pasa con la realidad, donde a veces soy casi implacable: recuerdo conversaciones exactas de hace décadas, fechas, rostros, el color del vestido que alguien llevaba en una tarde concreta de mi infancia. Sin embargo, la ficción se comporta conmigo de esta manera escurridiza, como si en mi cerebro existiera un filtro que solo deja pasar la emoción y se deshace de los hechos.
Así, lo que me queda de un libro nunca es la trama. Es más una temperatura. Si era frío o cálido. Si me oprimía el pecho o me lo abría. Retengo con nitidez el estado exacto en que me dejaba al cerrarlo, si me hizo feliz o si me abrió una herida, y sé con certeza si me gustó y si volvería a él. Sé quién era yo mientras lo sostenía y qué luz entraba por la ventana. Pero soy incapaz de rendir cuentas ante un examen, a menos que me lo proponga. Para mí, leer se parece a exponerme a la electricidad. Al terminar, la bombilla sigue brillando por el paso de la luz, aunque el filamento no recuerde la forma de la corriente.
Ana Karenina es la del tren. Madame Bovary se envenena. Acabé aprendiendo esos dos datos de memoria, como si me aprendiera una una contraseña para defenderme del mundo. Sé ahora que haber leído esos libros antes de que nadie me explicara cómo debían leerse fue un acto puro y violento a la vez. Porque una niña de doce años que lee a Flaubert a falta de otros planes está leyendo con el cuerpo entero: sin filtros, sin contexto, sin las capas de cinismo que la cultura y los años van depositando encima.
Borges escribió un cuento sobre un hombre que lo recordaba todo: cada hoja de cada árbol que había visto, cada forma de nube, cada rostro. Se llamaba Funes el memorioso y era, en el fondo, una historia de terror. La memoria total como parálisis, como condena. El olvido, venía a decir Borges, es lo que nos permite abstraer, quedarnos con lo esencial y soltar el resto.
A veces me pregunto para qué sigo leyendo si sé que lo voy a olvidar. Para qué todo, entonces. ¿Para qué enamorarse de alguien si llega un momento en que ya no recordarás cómo olía, o la vibración específica del aire al estallar su risa, o la forma en que doblaba las servilletas de papel cuando estaba nervioso? ¿Para qué vivir nada con tanta intensidad si el tiempo va a limar los contornos hasta dejar vacío el interior?
Y sin embargo, sigo leyendo, sigo amando, sigo metiéndome de lleno en las cosas sabiendo de antemano que algún día se disolverán, al menos en la forma que tienen en el momento de empezarlas. Quizá porque lo que te hace un libro mientras lo atraviesas no depende de lo que almacene luego la memoria. Algo se mueve dentro mientras te acompaña, algo se recoloca en un sitio en el que antes había otra cosa, y ese movimiento es irreversible. En mi caso, se queda en un lugar que no es el recuerdo, pero tampoco el olvido. En el cuerpo, tal vez. En la manera en que miras la calle después de haber cerrado ciertas páginas. En quién eres cuando terminas un libro que no recordarás.
Este verano me he propuesto releer Madame Bovary. Ya no me acuerdo de casi nada de ella, salvo que era una mujer que quería una vida distinta a la que tenía. Me pregunto qué voy a encontrar ahora que soy mayor que Emma tal y como Flaubert la imaginó. Ahora que el ático sigue existiendo pero yo ya no me asomo a ese balcón a esperar que pase nada. Los libros de piel siguen en la estantería del salón de mi madre. El veneno, sigo sin recordar en qué capítulo estaba.
Feliz semana blanda.









Me pasa exactamente lo mismo Rocío. Impresionante.
Ay! Cuanta curiosidad me despiertas. Y cuanto he disfrutado hoy leyendo fragmentos que me recuerdan tus talleres….
(…) aunque el filamento no recuerde la forma de la corriente.